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Yo, racista

La primera vez que sentí el racismo en carne propia fue a los 21 años. Había tenido la enorme fortuna de ser aceptado en un programa de verano para "jóvenes científicos" en la Universidad de Tennessee. Era la primera vez que salía del país. Para ese entonces ya traía encima una buena dosis de películas gringas donde se mostraba la peor cara de esa nación: racista y amante de las armas. Llegué con algo de miedo, pero los primeros días me calmaron, fui recibido por quien sería mi asesor allá (un investigador mexicano); en la universidad se mostraron amables y mis compañeros de departamento se veían buena onda: Evgeny, un búlgaro residente de Boston, Luis, otro mexicano de Guadalajara y Will, un gringo de Illinois. Luis se creía un tanto sobresaliente en inteligencia y cultura, Evgeny tenía ese carácter eslavo que al principio parecía un tanto agresivo y Will era un gringo típico buena ondita. La convivencia era buena y todos teníamos interés en aprender más de los demás.


Llegó el primer fin de semana y yo estaba a la expectativa de si se iba a armar algún cotorreo. Will me dijo que tal vez saldríamos a cenar "with the guys", así que me di un regaderazo y medio me arreglé. Estábamos en la sala Luis, Will y yo viendo la tele y en eso entró otro gringo al depa. Se dirigió directamente a Will sin siquiera saludar a los demás, como si no estuviéramos ahí. No sé si vería a Luis pero recuerdo claramente que a mí nunca me volteó a ver. Le dijo que "the guys" ya tenían unas cervezas y que se iban a reunir en el cuarto de alguien que no recuerdo. Yo estaba esperando el "you too" pero no, solo salió del departamento sin decir más. Will no dijo nada, se dirigió a su habitación y unos minutos después salió del departamento. Yo seguí viendo televisión, un poco confundido con lo que había pasado.


Como suele pasar, los extranjeros empezamos a convivir entre nosotros y formar nuestro grupo aparte de los locales. Will a veces salía con nosotros, a veces se iba con sus compatriotas. Un fin de semana salimos a pasear a un parque nacional. Parecíamos un poco el inicio de un chiste: iba un indio, un taiwanés, un gringo y un mexicano en un coche cuando... En un grupo así de diverso es inevitable que se toquen temas como migración y racismo. Will parecía ser alguien de amplio criterio y consciente de esos problemas en su país. El indio, Sandeep, era alguien muy directo y le preguntó a Will por qué nunca éramos invitados a sus reuniones con otros gringos. Will agachó la cabeza y reaccionó con el típico "well, you know..." y nos dió una explicación poco convincente de que había cosas que solo entre ellos se entendían. Al final probablemente la consciencia no lo dejó tranquilo y mientras viajábamos de regreso nos contó que había alguien que explícitamente pedía que solo se reunieran "Americans". Y entonces salió el peine. A ese tipo le molestaba que hubiera mexicanos en el programa de verano, al grado de decir que no entendía cómo gente que limpiaba baños había podido ingresar.


No recuerdo qué le respondí a Will, probablemente le diría lo triste que era que hubiera gente así cuando se trata de personas que aspiran a ser científicos. Parte de mí sentía enojo. Yo no le había hecho nada a aquel pendejo y sin embargo, solo por mi origen, por el color de mi piel, le era despreciable. Pero más que nada, me sentía decepcionado. Will era buen tipo, nos llevábamos muy bien ¿cómo era posible que siguiera conviviendo con un racista, con alguien que directamente le estaba diciendo que los chicos con los que compartía depa tendrían que haber estado limpiando baños?


Crecí creyendo que el racismo no existía en México. Era muy claro, ese problema era de Estados Unidos porque allá hay blancos y negros; los blancos llevaron negros de África y desde entonces los han tratado mal. En México no podía haber racismo porque, como me enseñaron en la escuela, hubo mestizaje. Entonces, no hay una población definitivamente blanca y tampoco hay negros. Incluso la gente de la costa chica de Oaxaca yo no los veía como afromexicanos, solo eran muy morenos. Alguna vez pregunté a un adulto por qué no había negros en México y la respuesta que recibí fue que era porque como los españoles esclavizaron a los indígenas, entonces no tuvieron necesidad de traer esclavos negros. Sonaba coherente, aunque no me quedaba muy claro cómo era que los españoles se mezclaron con los que tenían esclavizados.


Cuando acompañaba a mi mamá al mercado de abastos en Oaxaca, me acuerdo lo distintivo que era la zona de pescados, atendido por mujeres con su típico atuendo istmeño. Algo que me llamaba la atención era que cuando hablaban entre ellas lo hacían en voz baja y tapándose la boca. En alguna ocasión traté de escuchar que decían pero no entendí nada. Ni siquiera sonaba a español. Mi mamá me dijo que era zapoteco. "Un dialecto" pensé, porque en la escuela nunca nos dijeron que era una lengua. Pero si ya hablan español ¿para qué usan ese dialecto?


En el salón de clases era difícil que alguien no tuviera apodo. Al que tuviera la piel más oscura usualmente terminaba siendo "el negro". Quien estuviera narizón era "el perico". El que estuviera gordo era "el ñoño" o "botijas". Quien viniera de un pueblo o tuviera un acento que sonara "de la sierra", era "el indio".


"Habla bien, pinche indio", "te bajaron a tamborazos del cerro", "pata rajada", "¿y tu burro donde lo dejaste?", "¡yope!". Tratar así al que venía del "pueblo" nos daba un sentimiento de superioridad, por ser nosotros niños de la ciudad, en donde se andaba en coche, no en burro, dónde las calles estaban pavimentadas, no de tierra, donde usábamos zapatos o tenis, no huaraches. El que venía del "pueblo" no solo era inferior por hablar "mal" el español, además, era pobre. Y aunque no lo fuera, aunque fuera uno de esos "ricos de pueblo", aún así seguía siendo de pueblo, por lo tanto, inferior. Cuando nos mandaban a comprar calzón de manta y huaraches para hacer los bailables de fin de año o día de las madres, esas cosas eran un disfraz, no era para usarse diario. Si se me ocurría salir así a la calle corría el peligro de que pensaran que era un "indito".


¿Y por qué íbamos a creer que nuestra actitud era mala? En las comedias de la tele, el indio siempre hablaba mal español, era ignorante, terco y tonto. La "India María" siempre se metía en problemas porque pensaba que las cosas en la ciudad eran como su pueblo y eso era para reírse. En las telenovelas, las sirvientas casi siempre eran "de un pueblo de Oaxaca". Y quienes vendían chicles en la calle o pedían limosna siempre eran "inditos". En la escuela nunca nos dijeron que había un sistema que por siglos había oprimido a los pueblos originales. Yo nunca imaginé que hubiera una razón. Para mí, los "indios" eran así por naturaleza. Alguna vez alguien me dijo que solo comían tortillas con sal y por eso eran tontos. Y por supuesto, desde que tengo memoria, escuchaba el mito de que aunque el gobierno les ayudara, a ellos les gusta vivir así.


En una ocasión llegó a trabajar a la casa un albañil llamado Marcelino. Era moreno, no muy alto, usaba huaraches y por supuesto tenía acento "de la sierra". Un indio más. Sin embargo, con los días empecé a darme cuenta que este señor tenía vista y puntería excepcionales. En una ocasión nos dijo que en un árbol había una ardilla. Yo no veía nada. Marcelino agarró una piedra y la tiró a la rama donde estaba la ardilla. Esta nada más brincó del susto y fue cuando la ví. Primero ¿Cómo le hizo para ver esa ardilla a esa distancia? Y segundo ¿cómo le hizo para pegarle justo a esa rama? Y no solo es que tuviera una visión de águila ¡también podía ver de noche! En una ocasión Marcelino estuvo trabajando con mi papá en un terreno a las afueras de la ciudad y se les hizo de noche. Ya era hora de irse y cuando mi papá se disponía a pagar no encontraba el billete que había traído consigo. Se le había caído en medio de aquel terreno. Mi papá tenía una buena lampara de mano y con esa se puso a buscar. Marcelino se puso a buscar así nada mas. Por supuesto, quién encontró el billete en la oscuridad fue Marcelino. Mi mamá luego me contó que Marcelino utilizaba estas habilidades para cazar venados, allá en su pueblo. Era la primera vez que alguien de la Sierra, un indio, no encajaba con la idea preconcebida que yo tenía. Era alguien con habilidades excepcionales. En la tele, en las películas, esas habilidades eran propias solo de los héroes gringos, como Indiana Jones o Cocodrilo Dundee.


Con el tiempo fui adquiriendo conciencia de que algo no estaba bien con utilizar la palabra "indio". De hecho ni siquiera tenía sentido, indio es el de la India, no alguien de la Sierra Juárez de Oaxaca. Todo por un error del Cristobal ese. Pero me seguía riendo cuando en la escuela alguien hacia burla del "indio" del salón. Me seguía riendo de las comedías de Televisa donde hacían mofa de un "indio". Nunca me atreví a corregir a nadie respecto a esos prejuicios. Y nunca me pasó por la mente que esas actitudes eran racistas.


Gente más consciente que yo me hizo ver el grave problema que era esa discriminación en México. Gente más consciente que yo me señaló e incluso avergonzó cuando utilicé por última vez la palabra "indio" de forma peyorativa. Y no terminé de entender que lo que alguna vez hice era racismo hasta que alguien me vio como inferior por no hablar "bien" inglés, por mi aspecto y por mi origen.

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