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Vivir, reproducirse, morir.

Actualizado: jul 1


Una de las preguntas más comunes y de más difícil respuesta que nos solemos hacer es ¿para que estamos aquí? La búsqueda de propósito en la vida tal vez es una de las tareas más sin sentido que uno se puede proponer y que más angustias puede generar. Después de todo, al estar invirtiendo tiempo en esa búsqueda uno se podría estar perdiendo uno de los propósitos de estar vivo: pasarla bien.


Me da la impresión que hacerse la pregunta sobre nuestro propósito en la vida es un privilegio. Al tener la libertad (y el privilegio) de poder tomar decisiones que definan el rumbo de nuestras vidas es cuando nos hacemos ese tipo de preguntas. Pero por cientos de miles de años desde que el homo sapiens empezó a deambular en la Tierra, las condiciones de vida probablemente no darían mucha oportunidad a esa pregunta, y aún hoy en día hay millones de seres humanos bajo esas condiciones presionados principalmente a una función: sobrevivir.


Ahora, ninguno de nosotros estaría aquí si no fuera por otra presión en la vida (y que para muchos se podría considerar como un propósito) que es la reproducción. Richard Dawkins en su libro "El gen egoísta" básicamente nos pinta como unas estructuras complejas y macroscópicas existiendo con un sólo propósito: perpetuar los genes que llevamos dentro de nuestras células y esto es solo posible mediante la reproducción. Resignados a este propósito mucha gente define la existencia como un ciclo en el que uno nace, crece, se reproduce y muere, con nuestra descendencia anclada al mismo ciclo. Colocar la muerte después de la reproducción es una simplificación bastante deprimente. En realidad, para mucha gente (y no por nada en México ya somos más de 120 millones de habitantes) el ciclo es nacer, crecer, reproducirse, sobrevivir, reproducirse, sobrevivir, reproducirse, sobrevivir, reproducirse, sobrevivir, reproducirse, sobrevivir, morir.


El ser humano puede reproducirse tantas veces como sus condiciones de vida (y su inconsciencia) se lo permita, porque somos una especie iterópara. Si sólo nos reprodujéramos una vez e inmediatamente después muriéramos, seríamos una especie semélpara. Para las especies semélparas el ciclo si que es nacer, crecer, reproducirse y morir, y para un grupo particular de plantas este ciclo se alarga bastante en la parte de crecer: las agavóideas. Parte de este grupo son los agaves, que tanto apreciamos en México para la elaboración del mezcal y tequila. Pero toda esta reflexión sobre el ciclo de vida me vino a la mente inspirado por una agavóidea en particular: el pescadillo o tehuizote (Furcraea longaeva), que aparece al centro de la foto sobre estas lineas. La noticia en Ciudad Universitaria era que después de más de 30 años este pescadillo finalmente florecía. Mi primera reacción fue pensar que se había tomado un montón de tiempo en reproducirse (algo así como los milenials hoy en día), pero mi sorpresa fue al aprender que no, que al contrario, que este pescadillo se reprodujo muy temprano. La Furcraea longaeva, nativa del estado de Oaxaca (y parte de Puebla) le puede tomar hasta 100 años para florecer. De esta agavóidea me surgieron dos preguntas ¿por qué tarda tanto tiempo en reproducirse? y ¿por qué muere inmediatamente después de florecer?


Si el pescadillo pudiera hacer la pregunta de cual es el propósito de su vida, la respuesta que le darían sería "acumular energía suficiente para florecer" (y la parte de "morir inmediatamente" no se la dirían para que no se deprimiera). Las agavóideas acumulan energía en forma de inulina (un tipo de azucar) con el cual se hace el jarabe de agave que se ha vuelto muy popular últimamente. Estas plantas a lo largo de sus vidas van acumulando inulina (energía) hasta que tienen suficiente para poder florecer y esto impone el ritmo al que crecen. La formación de azucares en las plantas es posible mediante la fotosíntesis, que es básicamente un proceso en el cual las plantas utilizan la energía contenida en la luz del Sol para transformar dióxido de carbono y agua en azúcares. Probablemente me este metiendo en terreno desconocido, pero se me ocurre pensar que precisamente como las agavóideas crecen en terrenos con difícil acceso al agua, esto hace que el proceso de acumular azucares sea lento y por eso tarden tanto tiempo en alcanzar la madurez para florecer. Al final, en el proceso de florecimiento, invierten gran parte de esa energía acumulada creando una gran cantidad de semillas intentando garantizar que la población de agavóideas se mantenga o crezca. Dicho proceso resulta mortal para la planta original, ya que agota todas sus reservas de energía. Así, la noticia del florecimiento del pescadillo del jardín botánico, al mismo tiempo, anunció que esa planta que había estado ahí desde los tiempos en el que Miguel de la Madrid era presidente, dejará de existir.


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