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Un mundo sujeto a ciclos.

Una de las ecuaciones centrales de la física es la del oscilador armónico. Esta dice que una partícula que está ligada por algo que es elástico (que se puede estirar pero sin deformarse permanentemente) si se desplaza fuera de su posición de equilibrio, esta intentará volver a esa posición y empezará a oscilar alrededor de ese punto. Muchos sistemas se pueden empezar a entender a partir de esa ecuación: el movimiento de los planetas alrededor del Sol, las oscilaciones de los terremotos, las vibraciones de las cuerdas de un instrumento musical, como se comportan los átomos de una molécula y hasta las variaciones de temperatura a lo largo del año. Pero entre mas energía se le inyecte a un sistema oscilatorio, mas se irá alejando del equilibrio hasta superar la fuerza que lo mantenía ligado y ya nunca más volver a esa posición de equilibrio.


Hay dos ciclos que rigen la vida en la Tierra: la rotación del planeta y su traslación alrededor del Sol. Ambos ciclos son fundamentales para regular la temperatura y distribuir agua en la superficie del planeta. El día y la noche permite que el tiempo de exposición frente al Sol no sea muy prolongado. Si el día fuera mucho mas largo no habría clima templado: un lado del planeta estaría cocinándose por el Sol mientras que el otro lado se estaría congelando. Por otro lado, las estaciones del año regulan la distribución de temperatura y agua en el planeta. Las estaciones existen porque el eje de rotación del planeta está inclinado 23.4º con respecto al plano de la órbita de la Tierra.




La inclinación del planeta hace que a lo largo del año varíe la exposición que tiene cada hemisferio (norte y sur) al Sol. Así, entre más lejos se esté del ecuador, más pronunciada es esa variación. Si el planeta no estuviera inclinado, no habría estaciones y probablemente habría zonas del planeta aún más inhóspitas.


La vida en nuestro planeta ha evolucionado siguiendo estos ciclos. Eso, sumado a la deriva continental, ha creado la enorme diversidad de especies que hoy existen. Pero aún con la regularidad que tiene la rotación de la Tierra y su traslación alrededor del Sol, el clima de la Tierra ha tenido grandes cambios.



Los dinosaurios, poco antes de su extinción, vivían en un planeta mucho más cálido que el actual. La concentración de oxígeno en la atmósfera era más abundante permitiendo la existencia de animales y plantas de gran tamaño. Después de la extinción de los dinosaurios, el planeta se fue enfriando. Muchas especies desaparecieron y muchas otras aparecieron y dentro de esas, hace un par de millones de años, estuvieron los primeros homínidos. En el pleistoceno, mientras el clima del planeta oscilaba entre glaciaciones, empujando la evolución y seleccionando a las especies que mejor se adaptaran, aparecieron los primeros seres humanos. Ellos estuvieron sujetos a cambios en sus ecosistemas que los forzarían a moverse de un lugar a otro buscando su alimento. Pero hace unos 11700 años el clima se estabilizó, las estaciones del año se volvieron regulares y e inmediatamente aparecieron las primeras sociedades agrícolas. Finalmente los humanos tenían la certeza de que cuando ciertas estrellas aparecieran al iniciar la noche había que empezar a plantar porque luego llegarían las lluvias que harían crecer sus alimentos. Pueblos prosperaron, se expandieron y empujaron los recursos a su alrededor al límite y solo se necesitaba que ese ciclo estacional tuviera una alteración, alargando la sequía y que las lluvias llegaran a destiempo, para traer el colapso. Alrededor del planeta hay vestigios de muchas culturas que tuvieron épocas de prosperidad para luego abandonar sus ciudades y solo dejar sus edificios como testigos de que alguna vez existieron. Pero gracias a la invención de la escritura, algunas culturas lograron transmitir su conocimiento, aún después de su colapso, lo que permitió que otras aprovecharan sus conocimientos. Con el tiempo llegaría la solución a esa frágil dependencia de los recursos locales: el colonialismo. Con invadir tierras de otros se garantizaba que hubiera los recursos necesarios aún cuando los del territorio original ya se hubieran terminado. Con un planeta tan grande, no parecía haber límites para esa nueva forma de explotación.


Uno de los mayores triunfos tecnológicos de los primeros seres humanos fue el control del fuego. Nos permitió transformar la textura y el sabor de nuestros alimentos y así digerirlos de una manera mas eficiente; nos aisló de la oscuridad de la noche y de los que la aprovechaban para depredarnos; nos permitió deformar minerales para convertirlos en herramientas y armas. Durante todo ese tiempo se quemó madera y carbón para crear fuego, pero sin que esto afectara significativamente la calidad del aire de pueblos y ciudades. Eso cambió en el siglo XVII, cuando a alguien se le ocurrió que el calor del fuego se podía utilizar para mover máquinas. Esto potenció como nunca la capacidad de los humanos para extraer, triturar y procesar recursos naturales para el consumo de muchos y el beneficio de quienes poseían las máquinas. Sumado al poder colonial, la creación y abuso del uso de esas maquinas fue el inicio de la debacle.


La atmósfera de la Tierra es calentada por la luz del Sol, pero ese calor se mantiene en la atmósfera gracias al dióxido de carbono. Este compuesto químico a estado presente en la atmósfera desde que la Tierra se formó y ha formado un papel importante en la regulación del clima.



Las altas concentraciones de CO2 coinciden con los periodos en los que mayor temperatura ha tenido la Tierra y los puntos mas bajos con las glaciaciones. Durante el Holoceno la concentración se mantuvo en un nivel muy estable pero ahora está creciendo de manera incontrolada. La escala de la gráfica anterior es engañosa, pero si se lee con atención, los cambios en concentración del CO2 que se dieron en épocas pasadas fueron a lo largo de miles o decenas de miles de años. El cambio que hoy en día estamos provocando es en apenas un par de siglos.


Hace unos días se publicó en Nature un artículo titulado "¿Estamos todos condenados? Cómo hacer frente a las sobrecogedoras incertidumbres del cambio climático" donde se hace una reflexión sobre las consecuencias que traerá el calentamiento global y las emociones que esto genera. En el artículo menciona que una de las cosas mas perturbadoras sobre el calentamiento global son los puntos de inflexión. Mientras se le inyecta mas y mas calor a la atmósfera, esto empuja ecosistemas como Groenlandia o la Antártida a perder su hielo o zonas selváticas como el Amazonas o el Congo a perder su vegetación. Esto podría desencadenar otros efectos llevando al clima del planeta a un punto donde sea imposible volver a su estado durante el Holoceno, aún si detuviéramos la acumulación de CO2. Todas las plantas y animales adaptados al clima del Holoceno podrían ser llevados a la extinción y siendo un cambio tan brusco no habría tiempo para que la evolución produjera nuevas especies. La pérdida de biodiversidad sería aún mas intensa de lo que se está viviendo hoy en día. Ya hoy en día hay conflictos armados que surgieron, en parte, por el acceso a recursos que los contrincantes necesitan o ambicionan. Un clima que está alterando nuestros ecosistemas y pone en riesgo el abastecimiento de agua y comida someterá a la humanidad a un estrés nunca antes visto y esto desencadenará aún mas guerras. Y a eso agréguenle que varias naciones en el planeta todavía poseen muchas armas nucleares ¿Es un futuro inevitable? ¿Estamos realmente condenados? En el artículo de Nature el autor sugiere que cambiemos la pregunta a ¿Qué deberíamos hacer?


Mucho se habla de que la tecnología nos va a sacar de este problema, que al mismo tiempo que dejaremos de quemar hidrocarburos como fuente de energía se encontrará la manera de remover el exceso de CO2 en la atmósfera. Ninguna de las dos cosas se están haciendo a la escala que se necesita y al final son intentos de alterar lo menos posible el sistema económico global, cuando es precisamente este el que creó el problema. La vida de este planeta está adaptada a ciclos donde hay un periodo en que la comida es abundante, luego esta escasea y luego vuelve a ser abundante. Todos los animales y plantas que hoy existen están adaptados a ese ciclo. Los seres humanos, con nuestra tecnología, escapamos ese ciclo y nos obsesionamos con mantener esa abundancia todo el tiempo y además acumular más de lo necesario. Quienes hoy en día poseen los medios de producción orillan a sus empleados a que estos aumenten año con año el ritmo de acumulación para beneficio de los dueños y al mismo tiempo han convencido a la sociedad de que esa es la mejor manera de traer bienestar y felicidad para todos, aún cuando esos empleados no puedan acumular nada. Tan normalizada se tiene la idea de que el valor de las personas depende de sus habilidades para generar acumulación que quienes quieren vivir fuera de ese sistema, o no se han podido adaptar a él, se les dice improductivos, que no contribuyen a la sociedad y que incluso viven a costa de aquellos que son productivos. Un sistema de producción y consumo que necesita crecer año con año solo para satisfacer la necesidad de acumulación de unos cuantos es incompatible con un planeta sujeto a ciclos. La respuesta a ¿qué deberíamos hacer? podría parecer simple: hay que cambiar el sistema de producción y consumo. La pregunta realmente difícil es ¿cómo?



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