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Cambios

La última vez que me encargaron ir a una hemeroteca el mundo apenas estaba por alcanzar 6 mil millones de habitantes —hoy nos acercamos a los 8 mil millones—, una computadora con un procesador Pentium II a 333 MHz se consideraba rápida, Francia ganaba la Copa Mundial de Fútbol —que ellos organizaron— y se cumplía un año de que el huracán Paulina había destrozado la costa de Guerrero y Oaxaca, lo cual era el tema de la investigación que me habían mandado a hacer.


La idea de volver a una hemeroteca me puso a pensar mucho en aquella última visita y lo mucho que han cambiado las cosas. En aquel entonces mi reporte lo tuve que hacer en máquina de escribir; todavía faltaba un año para que tuviera mi primera computadora. Recién había llegado el internet a Oaxaca y solo los compañeros “riquillos” del salón se podían dar el lujo de accesar a el desde sus casas. Yo lo conocería yendo a los llamados “cybercafés”. La idea de tener un teléfono celular ni siquiera cruzaba por mi cabeza. Y aunque sentía que me veía obligado a pasar demasiadas horas en la escuela y que me atiborraban de tareas, podía darme el lujo de pasar horas frente a la tele, salir a dar la vuelta con mis amigos y leer ciencia ficción.


Al planear mi nueva visita a la hemeroteca, aquello que me sobraba ahora lo tengo que ir rascando de a poquitos: el tiempo. Aunque tengo la fortuna de tener un trabajo donde no tengo que checar, la demanda de trabajo me obliga a estar ahí incluso más de lo que yo quisiera. Desconozco cuántas hemerotecas hay en la Ciudad de México pero mi opción más cercana era la Hemeroteca Nacional, que está en Ciudad Universitaria. De hecho, la veo prácticamente todos los días cuando voy y vuelvo del trabajo. Bien podría bajarme del bus y visitarla. Bien pude haber hecho eso esta semana. Hubo un día en el que tenía el tiempo para visitarla pero no la energía. Fue uno de esos días en los que uno solo tiene una cosa en mente: llegar a casa. Pero a diferencia de hace 21 años, el acceso a internet ya es mucho más extendido, tanto, que lo tenemos incluso en nuestros ahora llamados teléfonos inteligentes. Si no podía visitar físicamente la hemeroteca, tal vez lo podría hacer virtualmente.


El concepto de una visita virtual solía despertar la imaginación. En 1998 me hubiera imaginado a mi mismo colocándome unos lentes y guantes de realidad virtual. Al entrar al internet, con mis lentes vería una ciudad con super-rascacielos y grandes avenidas donde puntos de luz se mueven velozmente. Cada uno de estos puntos de luz representaría un usuario navegando por internet. Los rascacielos serían sitios web y tendría que entrar en uno de estos para buscar la información que necesito.


Entrar al internet hoy en día no es tan llamativo. De hecho, ya ha perdido toda esa emoción de aquellos primero días. Después de marcar un número el modem hacía una serie de sonidos: chirridos, bips y ruido blanco intercalados, mientras se hacía la conexión. Y cuando finalmente ya estaba uno dentro de internet, uno sentía que las puertas del mundo se habían abierto. Hoy, es tan normal como encender la tele. Aún así, escapa a la comprensión la cantidad de información a la que uno puede tener acceso. Claro, siempre y cuando la fuente de información no provenga de una ciudad que a duras penas entró al Siglo XXI.


Para mí habría sido mucho más significativo poder explorar un periódico local y ver que acontecía en los días alrededor de mi nacimiento. Pero la Hemeroteca Pública de la Ciudad de Oaxaca, aquella que visité hace 21 años, no tiene acceso digital a ninguna de sus colecciones. De hecho ni siquiera tiene página web.


Al hacer una búsqueda en Google dando mi fecha de nacimiento y mi ciudad no hubo un resultado que coincidiera con todos los campos. Intenté con el día posterior a mi nacimiento y tampoco. Eso se podría interpretar que el día que yo nací no pasó nada relevante en Oaxaca. Sin embargo, me llamó la atención que “junio”, “1982” y “oaxaca” si arrojara resultados.


Mi mamá, desde que recuerdo, siempre ha resaltado dos cosas de mi nacimiento: que le costé mucho trabajo porque nací grandote y que además tembló. Mi reciente búsqueda en Google acaba de revelar que lo segundo es una verdad a medias. 38 horas después que nací, a las 5 am del 7 de Junio de 1982, hubo un sismo con epicentro en Pinotepa Nacional, Oaxaca, de magnitud 6.9. Definitivamente se tuvo que haber sentido en la capital del estado. Mi mamá seguramente seguía convaleciente en el hospital y por mucho que un oaxaqueño diga que está acostumbrado a los temblores, estos siempre causan sorpresa y miedo. Dos eventos tan cercanos en el tiempo fácilmente uno los puede revolver en la memoria dentro de una misma fecha. Como anécdota, tiene más peso decir “el día que mi chamaco nació tembló” que decir “dos días después tembló”.


De nuevo, volví a buscar mi fecha de nacimiento, pero añadiendo “hemeroteca nacional” a la búsqueda. El único diario digitalizado que me apareció fue uno llamado “El Informador”. La primera plana contiene una foto de dos personajes íntimamente ligados a los 80s: Margaret Tatcher y Ronald Reagan. La gran noticia era que Reagan había declarado su apoyo a Tatcher en el conflicto que tenía Gran Bretaña con Argentina por las Islas Malvinas. Obviamente no tengo ningún recuerdo de aquellos eventos, pero si recuerdo que mi papá, años después, decía que el gol de “la mano de Dios” había sido una justa venganza por parte de Maradona por lo que hicieron los ingleses en las Malvinas.


Extendí mi búsqueda al día posterior a mi nacimiento, ya que de hecho, ahí es donde se reportarían los eventos que pasaron el día que yo nací. La primera plana de nuevo la acaparaba Reagan, el cual había logrado un acuerdo para restringir el comercio de la Unión Soviética. Y ya. Sin embargo me llamó la atención que en esas negociaciones estuviera un tal Pierre Trudeau, primer ministro de Canadá. No lo sabía, pero resulta que es el padre del actual primer ministro de Canadá, Justin Trudeau.


Las noticias nacionales no decían mucho. Solo ajustes en el gasto para recuperarse de la devaluación que tuvo el peso a principios de ese año. Me pregunto cómo se habrían visto afectados mis padres. Su dinero valía menos y ahora tenían una boca extra que alimentar.


Fue bastante desconcertante que las noticas de política nacional tuvieran el mismo tono que las noticias actuales. Conflictos entre los actores de siempre –sindicatos, empresarios, campesinos, políticos–, las mismas carencias, las mismas promesas y llamados a un nacionalismo que desaparece una vez terminado el sexenio. Si el cambio tecnológico de 1998 a ahora es abrumador, ya ni siquiera tiene caso comparar la tecnología de hace 37 años con la actual. La política pareciera mantenerse igual. Eso sí, las decepciones nos llegan más rápido, y directo a nuestros teléfonos inteligentes.

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