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Día 8: el mundo más allá de la puerta

La rutina de "cardio sin saltos" que hice el lunes me dejó casi como momia el día de ayer. Hoy tampoco es que haya amanecido sin ningún dolor muscular en las piernas, pero sabía que tenía que hacer ejercicio. Después de un rato de dolor, desayuné, me duché y me preparé para salir. La verdad es que la idea de salir a la calle me daba sentimientos encontrados. Por un lado, el gusto de salir. Por otro, miedo a lo que me pudiera encontrar. En cualquier otro día yo no habría sido nada consciente de la cantidad de superficies que tocaba y quienes pudieron haberlas tocado antes. Pero ha sido tanto el bombardeo sobre las formas en que el coronavirus se puede contagiar que es casi inevitable ser consciente de ello.


El supermercado más cercano de aquí es un Superama a poco menos de 1 km. Pero ahí no tienen tantas cosas como en La Comer, así que fui para allá, aunque esta un poco más lejos. Además, era una buena oportunidad de estirar las piernas. Lo primero que vi es que en efecto aquellos que venden cosas en la calle siguen ahí. Los negocios de comida siguen abiertos y hay bastante gente en las calles. Podría decir que parecía un día normal, pero no, tal vez era comparable a un domingo, con menos tráfico y menos gente. Pero nada que ver con las escenas de calles desiertas que nos llegan desde Europa. Dentro de la Comer la cosa era peor. Aunque si están tomando algunas medidas, como limpiar constantemente los manubrios de los carritos, la misma gente pareciera no respetar mucho a Susana Distancia. Seguimos con esos malos hábitos de ir juntitos en la fila (no se vaya a colar alguien) o no tener paciencia y atravesarnos frente a otra persona para tomar el producto que uno busca. Vi muchas personas con tapabocas, varias de ellas usándolo por debajo de la nariz. Si ese uso se me hacia una forma de desperdiciar un tapabocas, ni que decir de aquellos que se lo quitaban para poder hablar por celular; excelente idea la de pegarte a la cara un objeto al que constantemente le estás poniendo los dedos encima.


Con la idea de no tener que salir tan frecuentemente al super tal vez se me pasó la mano con las compras y definitivamente no iba a caminar más de 1 km con todo eso. Saliendo de La Comer tomé uno de los taxis que se suelen parar ahí enfrente y me trajo hasta mi dep. En el trayecto pensé que el coronavirus se suma a una lista tristemente larga de miedos que ya tenemos en esta ciudad y en gran parte de México. Miedo a que te asalten, miedo a que el taxista te asalte, miedo a que el taxista se estrelle por manejar tan agresivamente, miedo a que al cruzar la calle alguien no respete el rojo y te atropelle, miedo a que asalten el lugar donde estas comprando, miedo a que lleguen a ejecutar a alguien y se les vaya un balazo y por supuesto, miedo a un terremoto. Y en el caso de las mujeres, esa lista es aún más larga. Hemos aceptado vivir con esos miedos porque, no sé, porque nos han convencido que así somos por naturaleza y que no tiene nada que ver con el sistema económico y una estructura social racista y machista: México es pobre porque somos huevones y es violento porque los españoles no pudieron civilizarnos del todo.


Por la tarde de nuevo tuve una videollamada de trabajo y justo cuando parecía que no íbamos a llegar a nada, Eric, el jefe, se dio cuenta que unos valores que le dieron nuestros colegas de Inglaterra extrañamente coincidían con unas mediciones que teníamos nosotros, pero en otras unidades, y por eso parecía que nuestra medición estaba mal. Y no es que fuera el clásico problema de unidades en Sistema Internacional y Unidades Imperiales, si no totalmente otras unidades. Como si uno necesitara un valor en kg y me dieran un número en m/s.


Hoy, un cactus que me trajo mi mamá de Oaxaca, sacó un par de flores.



Mientras los humanos sentimos que el mundo se nos viene abajo, este sigue su curso. Los días se hacen más largos, las plantas florecen y los pájaros empiezan a hacer más escándalo en las mañanas. La presencia de un nuevo virus no es algo nuevo en la naturaleza y de hecho estos también han sido de los factores que han ido forjando la evolución. El asunto es que nuestra civilización, con lo solida y extendida que la vemos, es muy sensible a este tipo de alteraciones. Como han dicho, si desde un principio la salud de la población estuviera por delante de solo explotarla, los sistemas de salud del mundo no sufrirían tanto por combatir un nuevo virus y no tendríamos que frenar de esta manera nuestras actividades. Y esto es solo una probadita de lo que sufriremos cuando los efectos del calentamiento global se vuelvan más intensos.


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